Durante dos días, en pleno cambio del invierno hacia la primavera, que promete en campos y quintas, el nacimiento de frutos, plantas y flores, realizamos un acampe frente al Congreso Nacional en la ciudad de Buenos Aires. El objetivo, uno entre tantos otros, era esperar que dentro de la Cámara de Diputados se tratara la Ley de Acceso a la Tierra, proyecto presentado en tres ocasiones, con el respaldo de diversos sectores políticos.

La primera jornada fue el pasado lunes, y comenzó con el armado de la estructura y logística para acondicionar un espacio acorde para cientos de compañeros y compañeras de distintas zonas del Gran Buenos Aires; familias campesinas que producen más del 60% de los alimentos que se consumen en las mesas argentinas. Desde temprano, el despliegue fue dinámico y en plena sincronía: entre trabajadorxs comenzando la jornada laboral y los primeros móviles de los medios de comunicación, se abrieron gazebos, se colgaron banderas, para luego descargar frutas y verduras que fueron regaladas a las cientos de personas, la mayoría adultxs mayores, que esperaron pacientes en una larga fila de una cuadra. También se comercializaron a precios populares yerbas de nuestra selva mesopotámica y los alimentos de distintas cooperativas, que pueblan los estantes en almacenes y mercados de UTT. Una conjunción que forma parte de la apuesta que se hace desde la organización hacia otras; pares, compañeras y que propone un comercio justo, intentando cada día acortar la cadena de intermediación que encarece los precios y pauperiza el trabajo y esfuerzo de quienes los producen.

Expectantes, aunque sin desconocer la compleja realidad tras las elecciones PASO, fuimos transcurriendo el primer día de acampe con la ilusión, tan necesaria, tan postergada, de lograr un dictamen favorable de las comisiones legislativas para avanzar de una vez por todas con la ley que le brinde un espacio digno donde vivir a miles de familias campesinas; una vivienda digna junto a un suelo que sustente siembra y cosecha de lo que quieran producir bajo el sol abrasador en los veranos y las fuertes heladas cuando amainan las mañanas de cada invierno. Un frío que se parece un poco al de la noche en el acampe, redoblando esfuerzos para pasar las últimas horas del día con entusiasmo, compartiendo historias a unos metros de donde se concretan y desmoronan proyectos, y cerca de decenas de hombres y mujeres que en situación de calle aguantan como puedan cada jornada.

Ya en el amanecer del martes, con el ruido y el vértigo del tránsito citadino, fuimos observando mientras llegaban dos camiones con frutas y verduras, sumadas a miles de flores para celebrar el comienzo de la primavera, cómo la fila se iba formando con más velocidad, alargándose con el correr de las primeras horas: al igual que la vida en las quintas, la demanda aumenta, las necesidades apremian, la comida sube y la plata no alcanza… De este lado, en este campo social y militante, hecho de esfuerzo y solidaridad; en esta ruralidad, donde a pesar de tanto sufrimiento y trabajo en tierra ajena se lucha a diario, entre parcelas, invernaderos y animales por una vida digna, hay tiempo para ayudar a otras y otros inmersos en las ciudades pero con carencias similares y derechos cercenados como acceder a un lugar digno para vivir.

Entonces, se marcha con un tractor lleno de verduras y flores, y detrás cientos de compañeros y compañeras que cantan con esperanza, que reclaman con fuerza para que desde el interior del enorme edificio se escuche las demandas de tantas familias que a veces en silencio y otras con furia genuina, con hastío de tanto esperar se organizan colectivamente para llegarse a los espacios de decisión en busca de soluciones concretas. Ahí van entonces lxs cumpas corriendo, de vuelta en la plaza, para continuar con las actividades para pasarse de mano en mano los cajones de verduras de hoja, para bailar en parejas o rondas, para intercambiar con otras organizaciones, saberes y modos de participación, para compartir un taller de alimentación con la Red de Comedores por una Alimentación Soberana, espacio formado por UTT apenas comenzada la pandemia y la cuarentena, momento distópico que perjudicó los ingresos y la salud casi hasta el límite de lo posible, y para luego de otra mala nueva como la introducción de un proyecto de laboratorio que poco tiene que ver con los ancestrales conocimientos de cada región, y propone  en cambio más contaminación, enfermedades, concentración de la riqueza y dólares fugados, a través de nuevos transgénicos para el pan nuestro (¿) de cada día.

En el puesto de frutas y verduras se sigue vendiendo a buen ritmo durante toda la tarde. Ahí, las nuevas generaciones también aportan lo suyo, atendiendo de principio a fin cada venta, mientras más gente se acerca para sumarse a la causa, para compartir y adherir a esta movida hecha desde abajo, a pulmón, con el aporte artístico propio en clave de dúo folklórico, y las bandas tocarán hasta bien entrada la noche. En sus letras, también hay lugar para nombrar la causa central de la convocatoria, para agitar mentes y corazones de quienes bailan bajo el improvisado escenario de espaldas al Congreso. Los cuerpos se mueven, la gente sonríe, se encuentra, retrata el momento y canta: desahogo generalizado tras un largo tiempo sin rituales colectivos, con abrazos postergados y la esperanza de un futuro mejor, igual que cada familia de todos los rincones del país y el continente que no pueden esperar más, porque ahora es cuando. El acceso a la tierra, a la vida digna, más temprano que tarde, más urgente que nunca, será ley.

 

Fotografías: Pedro Ramos