La difícil situación que genera el flagelo del nuevo coronavirus Covid-19 es acompañada desde las organizaciones populares, con una política de soberanía alimentaria, solidaridad y trabajo en diferentes puntos del país. La respuesta de la UTT marca un camino certero en medio de un panorama global desolador.

Fotos: Alejandro Amdan / prensa UTT

 

Una pandemia es como una inundación. Se la ve venir, toma inminencia, se instala, pasa y luego deja un tendal. Más tarde, el barro. Y en ese lodo, las venturas y las miserias. Es en estos escenarios donde aflora lo mejor, y también lo peor, de la especie humana.

En este presente tan agresivo, de coronavirus, de numerosas tensiones, miserabilidades y -a la vez- manos tendidas y solidaridades, compañeras y compañeros de la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT), a lo largo y ancho del país, desde lejos pero hermanados, han unido fuerzas en una lucha sin igual y necesaria: acercarle alimento sano y a precio justo a todo el pueblo.

¿Cómo están produciendo? ¿Qué dificultades inusuales encontraron a la hora de la siembra, de la compra de insumos, de la comercialización, de la distribución, en este contexto? ¿Cómo es el día a día en medio de la pandemia?

Un trino solidario en Misiones

Donde la brújula marca el noreste, en Misiones, lo saben bien. Desde Puerto Piray, cerca de Eldorado, el calor -por ahora- no cede. Miriam Samudio, presidenta de la Cooperativa Agropecuaria Productores Independientes de Piray (PIP), que nuclea a 90 familias, cuenta: «Entre las dificultades que encontramos, por supuesto, está la de poder movilizarse y continuar normalmente con nuestras tareas. Esto nos llevó a reorganizarnos, haciendo grupos más chicos, teniendo más precauciones, respetando totalmente la cuarentena».

Dice que en la zona no hay ningún caso de contagio todavía y que eso les permite “trabajar con algo más de confianza, siempre con todo el cuidado que esto requiere». Al mismo tiempo, señala con preocupación que lo que más les está costando es acercarse a Eldorado: «Tenemos bloqueados los caminos. Esto nos impide poder conseguir las cosas que acá no producimos, como la harina, el aceite, jabón en polvo, papel higiénico y productos de limpieza. No están disponibles los servicios que se necesitan, como por ejemplo ir al banco o a la farmacia».

–¿Cómo recibieron la noticia del aislamiento compulsivo por los cortes en los accesos?

–Los bloqueos de las rutas fue algo que ocurrió y que nos sorprendió muchísimo. Le acercamos la inquietud al intendente porque nos sentimos discriminados. Somos más de 300 familias afectadas. En cada casa hay un promedio de 5 niños, y ellos quedan sin poder acceder a la salud y los diferentes servicios. El pueblo más cercano a Puerto Piray es Eldorado, donde están todos los servicios que nosotros necesitamos. Se hicieron los bloqueos apenas comenzó la cuarentena. Vinieron con máquinas y pusieron cargas de tierra. Nos preguntábamos si eso era algo correcto. Porque cuando alguien necesita ir al hospital, a la farmacia, o a comprar mercaderías, tenemos que recurrir a Eldorado.

Miriam habla con cadencia de poetisa. Acompañada por un trino de pájaros como telón de fondo, inmersa en la imponente vegetación misionera, detalla que en la comunidad aprendieron a organizarse, «a distribuirnos las tareas, a reflexionar qué es lo que está pasando y qué estamos defendiendo como organización”.

En medio de la confusión y la incertidumbre generalizada, aparecieron las donaciones y la interacción humana: «Reflexionamos que era necesario pensar en nuestros compañeros y compañeras de Puerto Piray a causa de la pandemia. Pensar en las familias que están en las viviendas, en los barrios, y que no tienen ni un pedacito de tierra para producir sus alimentos, una huertita o un gallinero o alguna forma de autoabastecerse. Nosotros sí sabemos cómo hacerlo, porque luchamos muchos años para acceder a la tierra y estar como estamos ahora”.

Fueron con sus camionetas, camiones, tractores y acoplados, llevando más de 5.000 kilos de alimentos: mandioca, batata, poroto, choclo, calabaza, naranjas, mandarinas, y muchas verduras y frutas más. “Todo agroecológico y sin agrotóxicos”, remarca Miriam. Recuerda que hicieron una reunión con la gente local: “Les contamos quiénes éramos, qué era lo que hacíamos y por qué veníamos a solidarizarnos. Una señora nos hizo llorar porque dijo que nosotros no tenemos idea de lo grande que somos, al poder garantizar el alimento para los chicos. Y yo pensaba que era apenas un bolsón, es decir, que no era algo que le solucionaba la vida. Pero al menos, por unos días, sus nietos iban a tener algo para poder comer”.

–¿Qué les produce, como organización, poder dar una mano en este contexto?

–Sentimos que estamos aportando nuestro granito de arena, en este pensamiento de construcción que tiene que ver con ayudarnos y no con salvarnos solos. Ver al otro, en qué situación está y poder tenderle la mano con algo en concreto. Era inmensa la alegría y las sonrisas de las familias cuando venían con sus bolsos, y nosotros les dábamos un poco de todo lo que habíamos llevado a cada uno. Fue una experiencia maravillosa. Yo le dije a mis compañeros que con estas pequeñas acciones, estos pequeños gestos, nosotros estamos en concreto haciendo Patria. Muchas veces hablamos de Patria, y la mayoría de las veces ese concepto nos queda grande. Pero, sin querer queriendo, haciendo pequeñitas cosas, vamos pensando y ayudando al otro.

 

Abusos policiales en el sudoeste bonaerense

La lucha de trabajadoras y trabajadores de la tierra no solamente se manifiesta en los campos propiamente dichos, sino además en las diferentes ciudades cercanas a los espacios de producción. Así fue la historia vivida en la base agrícola de Pedro Luro, una ciudad del partido de Villarino, bien al sudoeste de provincia de Buenos Aires.

A orillas del río Colorado, en la UTT regional, vive y trabaja Cinthia: «Por estos días estamos sacando nuestra producción de cebolla, que dura aproximadamente entre 8 a 9 meses para ser obtenida; es decir, que solamente se obtiene una vez al año».

Cinthia es delegada de base, donde la realidad campesina convive crudamente con los abusos policiales: «Durante esta pandemia nos vimos perjudicados para levantar la cosecha. Como la gente no puede circular, nos perjudicó. Un día nos piden un papel, al otro día otro, y así. Lo que antes hacíamos en una semana, ahora tardamos dos; y si se nos echa a perder nuestra producción, pierde mucho su valor».

El aislamiento social, preventivo y obligatorio trajo aparejadas situaciones violentas por parte de las fuerzas de seguridad. Como ejemplo, el compañero de Cinthia salió a comprar a un negocio local, cuando lo paró una patrulla. A pesar de sus explicaciones, se lo llevaron a la Comisaría Comunal 2: «Le dijeron que no estaba cumpliendo con la cuarentena y se lo llevaron detenido. Después, más policías vinieron a mi casa y me preguntaron si él vivía acá. Les dije que sí, que vivíamos juntos, y con una tía. Entonces me respondieron que se lo iban a llevar a tomar unos datos, mientras a mí me pidieron los míos en ese momento».

“¡Cómo es posible que se lo lleven!”, les dijo la delegada a los oficiales. La respuesta fue “hacemos nuestro trabajo”. Cinthia: “Estuvo preso cuatro horas. En todo ese tiempo llamé a varios compañeros de la UTT para pedir ayuda. En el acta de la comisaría escribieron cualquier cosa, que fue detenido a las 18:15, eso no es verdad. Después de firmar ese papel lo largaron”.

Santa Fe, tierra fértil para la organización comunitaria

En el cinturón hortícola de Santa Fe conocen al dedillo cómo la famosa cadena de comercialización atenta contra el trabajo de los productores y el precio que pagan los consumidores finales: «Los precios, tanto en el mercado y en todas las verdulerías y góndolas se fueron por las nubes. Sin embargo, este incremento no le llega al productor, sino que ese dinero se queda en otra parte de la cadena».

Federico Di Pasquale, integrante de la regional santafesina de la UTT, explica que el formato de comercialización popular es tentador para quienes producen: «Todo esto a los productores les sirve, porque si bien los bolsones son baratos, les termina quedando más dinero que si venden su producción en los mercados tradicionales o se la dejan a los camiones que van a buscar y se llevan la producción para Buenos Aires y otros puntos de comercialización del país».

La situación, lejos de ser la mejor, vino mal barajada desde antes del coronavirus. «Veníamos de una gran sequía –cuenta Federico–. El verano en el cinturón hortícola de Santa Fe es muy fuerte. Se detiene la producción y queda lo mínimo. Por ejemplo, a la verdura de hoja, el sol la mata. Y, por supuesto, las temperaturas elevadísimas también afectan al desempeño de los compañeros y las compañeras».

En un escenario desalentador de movida, en lo específico de la pandemia tuvieron complicaciones para adquirir insumos, «por cuestiones de remarcación de precios y por desabastecimiento». A pesar de ese viento en contra, los compañeros y las compañeras lograron reponerse, incluso sin poder contar con la comercialización habitual a causa del aislamiento por la pandemia: «Nuestro fuerte son las ferias populares. Desde hace dos años venimos armándolas, sobre todo en los barrios populares. Al suspenderse, armamos un sistema de delivery de bolsones para evitar que la gente salga y que se acumule en espacios físicos reducidos».

En Santa Fe también está presente el costado solidario, ya que por iniciativa de la Secretaría de Economía Social provincial, la UTT junto a otras organizaciones ofrece productos cooperativos a la sociedad: “Esto está funcionando y teniendo gran repercusión mediática y de aceptación en la gente, porque les aseguramos un precio justo, marcamos tendencia de los precios y nos aseguramos que no haya desabastecimiento, para que el pueblo tenga acceso a alimentos sanos».

También entregaron alimentos para cubrir las demandas comunitarias: «Hicimos donaciones de muchas verduras y frutas a seis merenderos y copas de leche pertenecientes a diferentes organizaciones, algunas de ellas institucionales, otras de oenegés, la Iglesia y el Movimiento Popular La Dignidad. Es decir, donaciones en un abanico social amplio».

Federico habla de los recaudos que tienen con los permisos de circulación, de los grupos de WhatsApp donde comparten “toda la información necesaria con respecto a los cuidados” y el “pleno contacto con los compañeros y compañeras” para que la vida campesina siga adelante a pesar del contexto atípico.

El compromiso que hay en Santa Fe se replica en todos los puntos del país donde está presente la UTT: “Trabajamos fuertemente para que las verduras lleguen a todos los lugares, a precios populares, para que a la población no se la estafe y que no ganen los aprovechadores y especuladores en estas épocas de crisis”.